En un contexto donde los costos energéticos siguen al alza, elegir el sistema térmico adecuado se vuelve una decisión estratégica para empresas e instituciones. En este escenario, dos alternativas concentran la conversación en el sur de Chile: el gas licuado de petróleo (conocido como GLP), combustible fósil ampliamente utilizado en el país, y el pellet de madera, biocombustible sólido renovable que en Chile se ha extendido principalmente en aplicaciones residenciales y cuyo uso industrial e institucional —ya consolidado desde hace décadas en países europeos como Austria, Italia, Alemania y Dinamarca— recién está emergiendo con fuerza en el mercado chileno. Cada alternativa tiene características muy distintas que impactan directamente en la eficiencia, los costos operacionales y la sostenibilidad de cada operación.
El gas licuado de petróleo ha sido históricamente una solución confiable y de fácil implementación. Sin embargo, su precio está sujeto a la volatilidad del mercado internacional de combustibles fósiles, lo que genera incertidumbre presupuestaria en el largo plazo, especialmente para organizaciones que requieren estabilidad en sus costos energéticos a cinco o diez años. A esto se suma una huella de carbono significativa que cada vez más industrias buscan reducir, ya sea por exigencias regulatorias o por demandas de sus clientes finales.
El pellet de madera, por su parte, se posiciona como una alternativa cada vez más competitiva. Se trata de un biocombustible sólido renovable, producido a partir de madera procesada y secada industrialmente, comprimida en pequeños cilindros de alto poder calorífico. En plantas modernas como la de Ardemax, la materia prima se procesa desde el tronco completo con tecnología de secado propia, lo que asegura un control de calidad y una continuidad de suministro mucho mayor que las plantas tradicionales que dependen exclusivamente del aserrín residual de aserraderos.
Esta independencia productiva permite a Ardemax ofrecer compromisos de suministro multianual con precios contractuales indexados a una fórmula polinómica transparente y, durante los primeros tres años de cada contrato, una banda de precio garantizada que protege al cliente frente a la volatilidad del mercado. Esta predictibilidad es algo que el gas licuado de petróleo, ligado al precio internacional del crudo, simplemente no puede ofrecer.
En términos económicos, los rangos típicos de ahorro son muy concretos. Frente al petróleo diésel, el pellet ahorra entre un cuarenta y un cincuenta por ciento del costo equivalente. Frente al gas licuado de petróleo, el ahorro varía entre el quince y el treinta y cinco por ciento, dependiendo del contrato vigente que el cliente tenga con su proveedor actual. Y si el cliente financia directamente el equipo y solo paga el suministro de pellet, el ahorro puede alcanzar hasta el sesenta por ciento respecto del sistema anterior.
A nivel técnico, los sistemas modernos de calefacción a pellet han evolucionado considerablemente. Hoy ofrecen niveles de automatización, control remoto, telemetría y rendimiento térmico comparables a cualquier sistema a combustible fósil, con la ventaja adicional de menores emisiones de material particulado y una operación más limpia que cumple con los planes de descontaminación atmosférica vigentes en el sur de Chile.
La decisión final, naturalmente, depende del tipo de operación, la demanda energética y los objetivos estratégicos de cada proyecto. Pero la tendencia es clara: los costos energéticos predecibles, el ahorro económico real y la descarbonización progresiva ya no son objetivos opcionales, sino condiciones para operar competitivamente en los próximos años. Quienes adopten estas soluciones primero, en un mercado chileno donde el pellet industrial todavía está dando sus primeros pasos, ganan también una ventaja temprana de posicionamiento frente a sus pares.